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El diente de Buda y un traje tradicional

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Me encuentro nuevamente en la orilla norte de los Lagos de Kandy. Damos un primer vistazo al lago. Veo un isla flanqueada por dos grandes palmeras y que a su vez están rodeadas de árboles. El sol lentamente se oculta y su reflejo sobre la superficie del agua me molesta en los ojos. Lentamente me giro y me dirijo hacia el templo. Durante mis vacaciones ya he visto algunos magníficos templos, pero aquí donde me mantengo en pie, es quizás el santuario budista más importante de Sri Lanka. Peregrinos de todo el mundo vienen para participar en la ceremonia.

Kandy

Kandy es la segunda ciudad más grande de Sri Lanka luego de Colombo. Hoy en día es la capital de la provincia central y se considera una puerta a las ...Leer más

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Ya me habían advertido que no me encontraría solo. La gran cantidad de personas a las que me estoy acercando es impresionante. Locales, peregrinos y turistas se reúnen frente al templo del techo dorado. El canino izquierdo debe encontrarse escondido en el santuario. La cabeza de un guardia negando me indica que mi camino termina ahí. “No puedes entrar aquí”, es lo que trata de indicarme. Un vendedor viene a ayudarme y a darme una solución. El problema son los pantalones, el largo del pantalón es demasiado corto. Vuelvo a recordar que las rodillas deben estar cubiertas, lo he olvidado esta mañana. Mi ayudante tiene por suerte la solución “por supuesto, mera coincidencia” pienso. Debe especializarse en turistas olvidadizos como yo. Me ha ofrecido un Sarong, a pesar de que sus llamativos y coloridos estampados me hacen daño a la vista, no tengo otra opción. Así hacemos el trueque: 500 rupias a cambio de un Sarong. Recibo una flor de loto como regalo, su importancia la tendré clara más adelante. Vestido correctamente, ahora me es permitida la admisión, me apresuro con la libertad de tener ahora mis piernas cubiertas, aunque ahora, me toca desprenderme también de mis zapatos. En pocos minutos las puertas se abrirán.

En el templo cada vez más personas se dirigen hacia el piso superior. La tensión religiosa es casi palpable y como turista tengo una leve vacilación de perturbar esta paz. Pero muchas veces mi curiosidad gana. El tamborileo de los monjes que da inicio a la ceremonia triplica la presencia de los visitantes. Más y más personas, todos nos reunimos a echar un vistazo a uno de las reliquias más sagradas del budismo Thevarada- el diente del Buda.

El diente llegó a Sri Lanka oculto en el cabello de la princesa India Hemamala. Tras la entrada del enemigo en el país, ella lo escondió en su peineta hasta llegar a Anuradhapura, la capital en ese momento, y una vez allí, fue tomado por el Rey Kirthi Sri Meghavama. Él construyó un primer santuario para el diente. Anteriormente, el diente ayudaba a los reyes a legitimar su poder. Es así, como el diente cambió su posición con las riquezas del rey a lo largo de los siglos y llegó a Kandy en 1592. Dentro del templo, en el templo decorado de oro, que se encuentra solo a unos metros de mí.

Exactamente a las 6:30pm, por fin empieza. Poco después de la puesta del sol, la puerta de la zona más sagrada del templo dental se abre desde su interior por los monjes. Este es el momento que todos hemos estado esperando. Las filas, que se formaron a lo largo de ambos lados de las paredes, comienzan a moverse lenta y suavemente. De manera gentil, pero sin perder la determinación me abro camino hasta la puerta. 

Los sacrificios de los creyentes son entregados a los monjes para su bendición. Todo el mundo ha esperado un largo tiempo, y ahora, sin embargo, solo tienen unos pocos momentos para permanecer junto a la reliquia, que está iluminada por los flashes de las cámaras. A pesar de la gran cantidad de personas que se encuentran aquí, la calma que se siente es increíble. La acción de gracias, las intercesiones y los deseos se envían en silencio a la reliquia. Los mensajes para Buda parecen ser tan diversos como los visitantes. El altar ubicado en el vestíbulo está lleno de flores de loto. Se supone que es un símbolo, por la posibilidad de salir del sufrimiento de la existencia y convertirse en algo más brillante y puro. Y uno detrás de otro reza de nuevo. Cada visitante deja una flor y yo también coloco mi flor violeta junto al resto. El altar se encuentra tan lleno que apenas puedo encontrar espacio.

Poco a poco la atmosfera en el templo cambia. Liberados de cargas y penas la tensión de la calma religiosa de los peregrinos se abre paso. Ellos salen de su santuario y desaparecen con la noche.

Me quedo esta noche con dos cosas, un hermoso recuerdo de la reliquia y una seda que tapa mis piernas, la cual aún no sé, dónde, cuándo y cómo la usaré la próxima vez. 

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